Akira Kurosawa–de cuyo nacimiento conmemoramos este 23 de marzo el aniversario 115–integra la parcela selecta de esos nombres que contribuyeron a la creación de formas y estilos definidores del lenguaje cinematográfico, del idioma del celuloide.
La fragmentación del relato y el juego de resignificación de la historia, a partir de la variación de la perspectiva según el personaje que la cuenta (instancia narrativo-formal inherente al dispositivo fílmico y serial de la actualidad), hallan en Rashomon savia nutricia.
Cada lustro, decenas de directores de cine y televisión homenajean ese título de 1950, León de Oro en el Festival de Venecia y Oscar a la Mejor Película Extranjera. Un ejemplo reciente ha sido el británico Ridley Scott, quien en El último duelo (2023) se inclinó, según sus propias palabras, ante la «atracción por aquella fantástica idea de armar la trama desde tres puntos de vista diversos».
El virtuosismo en la puesta en pantalla, el equilibrio asombroso en los cambios de ritmo, el poderío visual, su energía inapagable, su modélica labor en los espacios abiertos y la actuación superlativa de Toshiro Mifune permiten que Los siete samuráis (León de Plata en Venecia, 1955) sea una de las experiencias más ricas en la historia del cine-espectáculo. Con Mifune, Kurosawa rodó 16 de sus 30 cintas.
Al renovador de la pantalla nipona de la década de los años 50, la creación audiovisual le debe y agradece, también, esa habilidad excepcional para convertir la épica en acto de sublimidad, alcanzada en Ran (1985). ¿Qué si no es la batalla central, la toma del castillo?
La majestad, la pureza del director japonés al llevar a imágenes la shakesperiana El rey Lear, hacen de Ran un modelo de cómo acercarse a los monumentos escénicos y literarios desde la más insobornable autoría. Este camino, ya observado antes por Orson Welles u otras pocas leyendas, lo siguieron varios en nuestros días, quienes tendrían como referente, además, a Trono de sangre, filmada por Kurosawa en 1957. El australiano Justin Kurzel tuvo bien en cuenta esa película (que no supera a Ran) para su Macbeth (2015).
La combinación de ecología y humanismo manifiesta en Dersu Uzala (1975), otro aporte del asiático reeditado por talentos del corte de Hayao Miyazaki, alienta la aproximación de disímiles cineastas de hoy día a relatos en los que se funden la naturaleza y el ser humano.
La pantalla del creador –fallecido en 1998–, de No añoro mi juventud (1946), Vivir (Oso de Oro en Berlín, 1954) o Yojimbo (1961) es la base de conocidos filmes estadounidenses de George Cukor, Martin Ritt y John Sturgess; así como de los westerns spaghetti de Sergio Leone.
Kurosawa influenció o alentó, entre muchos, a Ingmar Bergman, Wim Wenders, Martin Scorsese, Francis Ford Coppola o George Lucas, quien se inspiró en La fortaleza escondida (1958) al crear La guerra de las galaxias. Steven Spielberg lo consideró «el Shakespeare del cine contemporáneo»; mientras que para Federico Fellini «era un dios».
Coppola y Lucas lo respaldaron –en una etapa de penurias económicas del cineasta, iniciada desde el fracaso comercial de Dodeskaden (1970)–, para rodar Kagemusha (1980), Palma de Oro en Cannes. Scorsese también lo apoyó en Sueños (1990). Era una forma de retribuir la enseñanza, a tantos, del maestro nipón.
Autor: Julio Martínez Molina